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domingo, 12 de enero de 2014

A BOCAJARRO: EL MAL QUE NOS HACEN.-

FUENTE. EL AGUIJÓN

A BOCAJARRO: El mal que nos hacen

En 1.917, el Nobel español de literatura, Benavente, escribió una comedia cuyo título hago mío, arriba. Aunque en concreto sus temáticas son distintas (la citada comedia se circunscribe a las maldades entre cónyuges), en el fondo, ambos emiten un mensaje moral referido a un tema eterno en todas las capas sociales y estados de las personas: La deslealtad interesada.

La deslealtad, capitalizada, humana... ¡cuánto dolor ha ocasionado a las creaturas de Dios a lo largo de los siglos! Y a eso voy, con la venia de la asociación a la que pertenece este espacio en El Aguijón, que nuevamente usurpo, porque lo que digo lo hago a título personal. Y vamos ya a ello.

Al pueblo llano le llega con excesiva frecuencia la imagen de ciertas personas, sobre todo si se significan por algo noble, alevosamente prefigurada por animosidades e intereses espurios e inconfesables de virtuales y espontáneos enemigos de esas personas. Suelen ser, en efecto, adversarios con inquina inmotivada, sin causa ni razón, casi siempre generada por envidia al mejor.

Lo que antecede, es vicio del alma que ya recogieron en sus obras señeros escritores y sabios desde la antigua Grecia hasta nuestros días. Precisamente, en una de sus fábulas, el moralista de aquella época remota, Esopo, nos ilustra elocuentemente tal vicio, de esta guisa   “¿Veis esos cachorros de la misma camada, hijos de la misma madre y del mismo padre, que juntos corren, juegan, se besuquean y abrazan...? Pues echad en medio de ellos un hueso, o introducid en su grupo una perrita en celo, y veréis qué sucede”. 

Aunque, cual digo antes, este vicio tuvo, y tiene, siempre arraigo testimonial en las sociedades de todos los tiempos (ya Caín mató a su hermano Abel por envidia), en la España de hoy constituye una sibilina arma de todos los indigentes morales; arma que suele ser  letal (lo sé bien): Con ella, se han llevado a la ruina  hacienda, fama, honor e imagen de muchas personas honradas; incluso, hasta el deceso social.

Y con ser repulsivo el aleve e irreparable daño que hacen a personas, mayor calado tiene el que irrogan al pueblo en donde se da el criminal entuerto, ya que, una vez  nadeadas las personas de entidad moral sólida, acaparan las directrices y representación de la ciudad las ricias y gandingas éticas e intelectuales.

De lo antes enunciado, Cártama no es una excepción. Más bien es, si entramos de lleno en la realidad de verdad de su casuística,  un paradigma; y con esto no solivianto ningún secreto, ni descubro el Orinoco, pues es de sobra sabido y referido; y quizás, las causas de tan mantenida situación desde los albores del siglo XX, o desde antes, estén en las circunstancias que describe mi amigo Tomás Salas en un formidable artículo de opinión que explica muchas cosas de hoy (la historia siempre tiene correlación), que, con el título, “LUIS BELLO: Una visión de la escuela en el Valle del Guadalhorce”, publica en este mismo medio, sección de Opinión. Por citar, ya digo, un ejemplo paradigmático, tenemos el caso, más que lamentable, de lo que se viene haciendo con la figura del genial y universal rapsoda y eximio actor (a los 58 años de su muerte), José González Marín, sin que los mismos que denigran su ilustre memoria, dejen de cebarse  en la imagen, fama y honorabilidad de toda aquella persona que temen pueda hacerles sombra.  

Se da el caso de que a esta villa ha arribado un señor que hace gala de no poca habilidad para cortar y pegar datos, más menos fiables, de Google, y que pasea como fruto de su erudito caletre, para buscar antiguos abrevaderos de cabras y ovejas, pateando lomas y escudriñando reatas genealógicas y otras sesudas lindezas del mismo tenor cultural que, ciertamente, tienen su público, lo que le ha hecho creerse un Diógenes el Cínico, con perro y tinaja incluidos, o más bien,  un “Gulliver en el país de los enanos”.

Créese este señor el mayor sabedor (a lo pedante) que ha pasado por estos lares. Para él, en Cártama no han existido:

  • Un Enrique López Alarcón, poeta enorme, autor de “La Tizona” y “Canto a la muerte deJoselito” -que escribiera durante una noche de vino y hembras en una venta sevillana, en compañía de su paisano Pepe González Marín declamando versos que hacían llorar, del charlista García Sanchiz, del torero del arte supremo Gitanillo de Triana, y de otros personajes de semejante estirpe artística-, “Loa poética a las cuatro hijas (sus primas) del cartameño que fuera alcalde de Málaga, José Alarcón Luján -Concha, Remedios (madrina de Picasso), Soledad y Josefa”, a las que cantara el pueblo, y él recogió en rotundos versos:

Señor alcalde mayor,

no persiga a los ladrones,

que tiene usted cuatro hijas

que roban los corazones...

  • Ni un “Paco Juan Ramos”, erudito donde los hubiera, para más mérito autodidacta, que siendo agnóstico me regaló mi primera Biblia y me hizo abandonar la lectura de Zane Grey, Palacio Valdés, Pereda, etc., para cambiarla por la de Zola, Verlaine, Heine, Lorca, Unamuno, etc.  
  • Ni un Juan Gutiérrez Faura, autor del primer libro que se escribió sobre la Historia de Cártama, “Recuerdos cartameños”, en cuya sustanciación tuve el honor de participar.
  • Ni que tampoco se ha escrito, por grandes tratadistas, entre ellos varios cartameños, el magnífico libro, “Cártama en su historia”, que editó el Ayuntamiento de Cártama, siendo alcalde José Escalona Idañez.
  • Ni el malogrado Miguel del Pino Roldán que tradujo del latín la “Lex Favia Malacitana”,que alumbró Rodríguez Berlanga.
  • Ni que mi caro amigo Antonio Vargas, “Aljáima”, haya escrito libros de sólida poesía y paseado medio mundo, empapando sus retinas de motivos culturales.
  • Ni que Francisco del Pino Roldán haya escrito uno de los mejores libros de Cártama en la literatura, y otros muchos sobre Vélez Málaga, en donde le han dedicado una calle, que se le niega en Cártama por ser cartameño, no de determinada onda política.
  • Ni que Pedro Dueñas haya escrito dos o tres libros, etc.
  • Ni que la profesora cartameña Remedios Larrubia Vargas, haya escrito, al menos, dos libros de sumo interés, cuales “Los cultivos subtropicales en la Costa Mediterránea”, “Agricultura y espacio metropolitano”, “Producción y Comercialización de los cítricos en la provincia de Málaga”, “Agricultura de Málaga y el bajo Guadalhorce” (en colaboración).

Para el susodicho señor, tampoco han existido en Cártama:

  • Un Diego Marín Sepúlveda, abogado y ejecutivo de talla nacional.
  • Un Enrique Marín, perito y experto agrónomo, amén de lector empedernido.
  • Abogados de reconocido saber jurídico y sólida cultura.
  • Muchos médicos solventes, entre ellos, una cirujana oftalmóloga, consagrada como una de las mejores de Málaga y conferenciante por las tribunas médicas de España y del extranjero, etc. etc.

Él llegó y se dijo para sí, ufano como liendre en cabeza sucia: Veni, vidi, vici. Y así se pavonea por doquier como junco en quijero, movido por la vanidad del céfiro. 

A “tó” esto, el tío escribe con faltas de ortografía, pese a su alto puesto en la cultura institucional local, siendo en lo cultural (a falta de pan, buenas son tortas) la cara visible ( y risible) de toda la corporación municipal cartamitana: PSOE, PP, IU y CPIC.

Pero a él le han dicho unos amigos, de improbada sapiencia, que la ortografía la inventaron los ricos para humillar a los pobres. Así, de un golpe político de bajura, se manda a capar monas a Nebrija, Marcelino Menéndez Pelayo, Menéndez Pidal, Miranda Podadera, Díaz Plaja, etc. etc. Lo más llamativo es que esta “consolación gramatical” la acepta como buena, el erudito de marras.

Se dijo un día de Cártama: “Cosas veredes, amigo Sancho...”  Y las estamos viendo ad perpetuam rei memoriam.

                                                                     Francisco Baquero Luque

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